Rapónchigo

voluntad o nuestras finanzas. ¡Cuidado con las rebajas!
Había una vez una mujer embarazada que tuvo un extraño antojo:
comerse unos rapónchigos que pertenecían a un bruja. La hechicera
dejó que la mujer se comiera toda su plantación, pero a cambio
le pidió el bebé que esperaba.
Y asi ocurrió. La bruja puso el nombre de Rapónchigo a la
recién nacida y la encerró en una torre sin escaleras ni puertas,
con sólo una ventana. La joven creció, y tenía unos larguísimos
cabellos rubios que servían de ascensor a la bruja para subir
a la torre.
Cierto día un rey despistado paseaba por el bosque y oyó los
cantos de Rapónchigo. Luego vio a ésta asomarse a la ventana
y quedó prendado de su belleza.
Con el tiempo, el rey logró conquistar el corazón de la
muchacha, hasta que la bruja los descubrió y mandó al desierto
a Rapónchigo.
Cuando el rey se enteró de que su amada había desaparecido,
se tiró de una torre y quedó ciego. Vagó por bosques y
valles hasta llegar al desierto, donde encontró a su amada
viviendo en la miseria. Y sólo dos lágrimas del puro amor
bastaron para curar los ojos de su amado. Volvieron al
reino, donde fueron felices y encerraron a la bruja en la torre.
Hay veces, cuando más desilusionados estamos, que aparece
algo inesperado y nos devuelve el entusiasmo. Si tenemos
esta suerte, no debemos dejarla pasar de largo.
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Basado en el cuento original de los hermanos Grimm.
Publicado en el diario metro de madrid
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